Unos de los recuerdos de mi infancia es el constante traqueteo de la máquina de coser de mi madre. A pesar de sus intentos por enseñarme, tuvieron que pasar casi cuarenta años para que yo apreciara la costura y comenzara a divertirme con esta actividad. Asà que, cuando mi hermana pequeña decidió aprender a coser y nos pidió que la regaláramos un costurero, salà en busca del “costurero más primoroso del mundo” esperando que ella disfrutara tanto como yo realizando labores de costura.
Ningún costurero me convencÃa, asà que opté por comprar una caja adecuada y convertirla en un costurero. Seguir leyendo
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